14 de octubre de 2016

Jerez- Tarifa

Salimos de Sevilla con el cielo cubierto, después de casi dos meses y medio de sol, parece que mañana va a llover. Nuestro siguiente destino es Jerez y si no queremos tener una noche pasada por agua lo mejor es buscar un alojamiento confortable para dormir. Barajamos varias opciones, Couchsurfing, Airbnb y Warmshowers. Nunca hemos utilizado ninguna de ellas, pero creemos que esta vez puede ser interesante. Warmshowers es una comunidad de cicloturistas que se dedica a alojar de forma gratuita a los cicloviajeros al pasar por sus ciudades. En España todavía no es muy popular, pero poco a poco hay más miembros y aumentan las posibilidades de encontrar alojamiento. En Jerez hay varios miembros de esta comunidad y decidimos probar suerte. Enviamos un mensaje presentándonos y explicándoles nuestro proyecto en bici solicitando si es posible que nos alojen una noche en su casa. Supongo que será la suerte del principiante, porque a los pocos minutos un chico noruego nos responde diciéndonos que sí, que podemos alojarnos en su casa. Genial, estamos de suerte. Nuestro camino transcurre tranquilo hasta llegar a Jerez. Atravesamos muchos campos de viñedos y una enorme llanura nos deja ver la inmensidad.



Jerez es una ciudad pequeña, pero según nos cuentan, en los últimos años ha experimentado un importante aumento de población. Es una ciudad bonita donde abunda el típico señorito andaluz, tradicional, amante del vino y los caballos.
Hemos quedado con Tomás, el chico que nos va a alojar en su casa, en una plaza que rápidamente encontramos. De repente un chico alto y rubio aparece en bici, seguro que es él, y efectivamente no nos equivocamos. Nos acompaña hasta su casa, es preciosa, de estilo andaluz con un patio interior, incluso tiene una piscina. Esto es un lujo, tiene una habitación privada con baño para nosotros solos, estamos bastante sorprendidos. Es nuestra primera experiencia con Warmshowers y parece que hemos entrado por la puerta grande. El propietario es un chico muy agradable y simpático y habla bastante bien español. Nos propone invitar a una amiga española para cenar todos juntos en su casa. Antonio prepara la cena, y disfrutamos de una estupenda velada riendo y comiendo una cena exquisita.
Las previsiones sobre el tiempo se cumplen y el día se despierta lloviendo y no tiene pinta de parar. Tomás nos invita a que nos quedemos hoy también en su casa ya que el tiempo no es muy estable y no es muy agradable pedalear bajo la lluvia. La cena de ayer le gustó tanto que solo nos pone una condición que cocinemos para él. Aceptamos encantados su propuesta y disfrutamos de un maravilloso día juntos, cocinando y visitando la ciudad.




Antonio es un amante del flamento y el cante jondo y Jerez es un lugar perfecto para ir a un verdadero tablao flamenco sin turistas, algo auténtico donde solo van locales que animan el espectáculo con sus palmas y un vasito de fino de Jerez.
 





Tercer día en Jerez y por fin parece que se abren algunos claros en el cielo, es hora de partir rumbo a Cádiz.
Hasta Sevilla ninguno de los dos habíamos pinchado, pero desde Sevilla no paro de pinchar y por más que revisamos la cubierta, no hay ni rastro de ningún pincho que haya quedado escondido. ¡Qué misterio!
La carretera hasta Cádiz es bastante llana y rápidamente nos plantamos en El Puerto de Santa María.


 

Nuestra sorpresa viene cuando pregunto en la oficina de información, cómo podemos llegar a Cádiz y una señorita muy amable me dice, en bici no se puede entrar a Cádiz, que tenemos que ir en tren o en barco.  Mi cara de asombro es total, resulta que ahora Cádiz es una ciudad casi incomunicada a la que no se puede acceder por carretera ni siquiera caminando y me pregunto para qué son los dos puentes que llegan a Cádiz, pero por lo visto solo son autovía y se prohíbe la entrada a peatones, bicis y ciclomotores. Genial, con la construcción del nuevo puente han dejado a la ciudad más incomunicada de lo que estaba, no me extraña que la población se haya reducido. El caso es que nosotros somos un poco cabezones y después de tantos kilómetros en bici nos negamos a tomar un barco o un tren, así que buscamos opciones y encontramos una, dar toda la vuelta a la bahía hasta San Fernando y entrar por allí. El recorrido es precioso, pero estando enfrente de Cádiz, nos vemos obligados a hacer unos 50 kilometros más.





 Por fin llegamos hasta San Fernando con la ayuda de un ciclista que nos ha guiado por las marismas atravesando el parque natural. Desde San Fernando pegados a las vías del tren por el lado derecho sale un camino de tierra que nos deja en la entrada de la ciudad, evitando así ir por la peligrosa carretera. Después de casi 100 kilometros llegamos a Cádiz, la tacita de plata. Estamos cansados y buscamos un hostel para descansar y rápidamente encontramos uno barato para backpackers. Estamos sorprendidos ya que hay muchísimo turismo e incluso el alojamiento está lleno pero para nuestra suerte disponen de otro edificio con más habitaciones. Estamos en todo el centro, al lado de la catedral, y tras descansar un ratito y una merecida ducha salimos a pasear por el casco histórico.





 

Hace años cuando vine, tuve una sensación parecida a la de Cáceres, una zona histórica muy bonita pero algo desangelada, hoy las cosas han cambiado aquí también y tengo la sensación de que las calles están llenas de ambiente y la ciudad respira más vida. Estamos en Cádiz y no nos podemos resistir a probar su rico pescaíto frito. Al lado de la catedral han puesto un piano para fomentar la música en la calle y quien quiera puede tocarlo. Una larga cola se agolpa para tener este privilegio. Gente de todo tipo y estilos espera su turno. Empieza el show. Increíble, cuanto talento anónimo, no podemos dar crédito a lo que vemos y oímos, parecen todos profesionales. Ante tanto arte quedo impresionada con un chico. Por su ropa y su aspecto parece un indigente de los que duerme en la calle, su rostro es propio de la gente de Europa del este, es solo una impresión, quizás esté equivocada, pero toca el piano como los ángeles. Varias horas después seguimos paseando por esta joya del sur de España, es tarde y es hora de irnos a dormir. Pasamos de nuevo por la catedral y justo en un recodo de ésta, mis ojos ven lo que antes había presentido, el chico del piano está ahí, durmiendo sobre un cartón en el suelo. No puedo dejar de pensar que circunstancias le habrán llevado a esta situación, una persona que para tocar así el piano seguro que habrá estudiado en el conservatorio. En fin, la vida da muchas vueltas y cada persona esconde tras de sí una historia, que nadie debería juzgar a simple vista.
Cádiz nos ha encantado, pero antes de irnos nos damos un último paseo y visitamos el Castillo de San Sebastián que es prácticamente una isla dentro de Cádiz, desde donde hay unas vistas estupendas.


 



Desde Cádiz nos dirigimos hacia Conil. De nuevo, salir de la ciudad es complicado, primero dirección a San Fernando y después por la carretera hasta Chiclana.
 

Al llegar a Chiclana nos desviamos hacia Poblado Sancti Petri para ir por la costa. Finalmente llegamos a Conil. Unos kilómetros antes de llegar a Conil, vemos un camping, está bastante oculto entre los pinares, el lugar es precioso.







Nos dirigimos hacia la recepción y nos dicen que el camping está medio cerrado, que solo está abierta la parte nudista que la textil cerró hace unos días. Antonio y yo nos miramos y preguntamos el precio. Por estar fuera de temporada nos da un precio inmejorable. Antonio parece estar convencido, pero yo no mucho aunque el precio es muy bueno y pienso, entramos rápido montamos la tienda y yo ya no salgo de ella. El recepcionista percibe nuestra indecisión y finalmente nos deja poner la tienda en la zona textil.

 
 

El viaje continúa y atravesamos playas y acantilados. El tiempo acompaña y nos damos un bañito para tonificar las piernas.








 




Llegamos a Zahara de los atunes, una zona que en los últimos años se ha hecho muy popular, ya que muchos famosos pasan el verano en sus playas salvajes y algunos se han construido villas que no respetan la ley de costas.








 A unos 22 kilómetros de Tarifa visitamos la antigua ciudad romana de Baelo Claudia en la población de Bolonia. Las ruinas arquitectónicas datan su origen de finales del s.II a.C. Es increíble que hace tantos años esta zona estuviera poblada, ya que en la ectualidad parece que uno haya llegado al fin del mundo.
 





Estamos a punto de llegar a Tarifa, pocos kilómetros nos separan de la ciudad del viento.
Jamás pensé que llegaríamos hasta esta parte de España en bici, pero sin darnos cuenta los sueños se han ido haciendo realidad. Los primeros molinos de viento asoman por las montañas de Tarifa, y al fondo las montañas de África, siempre misteriosa, que se esconden entre las nubes y la niebla.










 

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